jueves, 30 de agosto de 2007

VAMOS A MIL


Manejar en Argentina es una experiencia terrible. Entre las cosas por las que somos tristes famosos es por la exagerada tasa de accidentes automovilísticos, demasiados y mortales. ¿Cuál es la causa? Si, podemos decir que la imprudencia es la número uno, pero… ¿por qué tanta si están a la vista las consecuencias? Todos estuvimos en un choque alguna vez, y todos conocemos a alguien que sufrió uno grave (si no nosotros mismos.) Voy a dejar de lado al torpe, al miedoso, al inepto que va a dos por hora por el carril rápido y estorba hasta la exasperación, al que tiene los espejos de adorno y dobla cuando se le ocurre o se acuerda, al que no es capaz de mantener un carril o la velocidad, al que cuando pone el guiño cree que los autos de manera automática desaparecen de su lado, al que pone piloto automático para su cerebro. A esa calaña la dejo de lado (por el momento al menos), tienen su responsabilidad pero hay un grupo mucho peor, más peligroso, letal. Los que comenten las grandes cagadas del asfalto, las que no tienen reparo, son los que creen manejar mejor que el mejor piloto de fórmula uno, los ases del volante, los que de tan habilidosas muñecas consideran que las normas de tráfico no se aplican para ellos. Los dioses del rebaje no se atañen a pavaditas tales como un estúpido límite de velocidad, un semáforo lento, una bajada de discapacitados en un lugar estratégico, una senda peatonal (con peatones y todo) que obstaculiza la pole position de prepo, carteles enchapados que ilustran a los giles. No, no se nos ocurra cruzarnos en su intrépido camino a ningún lado, no, no cometamos ese pecado (mortal), inexorablemente obtendremos un auto a cien mil pegado al paragolpes trasero con la suma previa de las intermitenntes luces altas encegueciéndonos desde el espejo retrovisor. Ellos tienen que pasar, cueste lo que cueste, caiga quien caiga, imaginan una banderita a cuadros coronándolos al final de quién sabe qué recorrido. Aunque el destino sea una panadería con sus medialunas para el desayuno dominical, a los pedos igual. Y ni hablar si además cuentan con un auto veloz último modelo, camioneta todo terreno brillante sin barro, o tienen el cochecito preparado para la picada (con salames), ¡para qué!, ahí la justificación es completa, carta libre, 007 licencia para matar, no es su culpa, la poderosa máquina toma el control y se los pide, exige. La casta de “los pedal a fondo” no perdona, los reyes del finito son los tarados que vemos a la madrugada con sus vehículos abrazados a un poste de luz, o los que se llevan puestas a la mamá con su hijita, ellos son los que en su frustrada vida de turismo carretera insisten con hacernos pagar su falta de podios y champagne gigante arrojado al público clamoroso, su falta de sensatez, su irresponsabilidad, unos pobres tipos.

(Originalmente publicado en http://gonzalopaz.blogspot.com/ el 10/08/2005)

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