
Toda la gente juega juegos, no es sólo patrimonio de los más chicos. Los hay de mesa, cartas, dados, pelotas, es decir, una gran variedad de métodos para liberar el espíritu lúdico con el que parece que nacemos. Bien, así es como podemos observar a unos niños dibujando inocencia en una rayuela con tiza sobre el gastado patio del colegio, a adolescentes explotando de acné una consola de video juegos que calienta más que una central atómica, o a unos veteranos rifando una vivienda en un casino sin sol. Todos jugamos. Pero hay un juego que no entiendo aunque lo intento, la ruleta rusa. Si, ese jueguito muy osado en el que se carga el tambor de un revolver con una única bala, se lo hace girar y especulamos qué pasará con la demoníaca posibilidad de uno en seis. Se que un jugador de ruleta rusa es un tipo que quiere demostrar, al ridículo costo de un agujero atravesando su cabeza, todo lo macho que puede ser, eso puedo llegar a asimilarlo aunque me parezca una soberana estupidez, no creo que muchas mujeres se impresionen por eso, “mi novio es muy macho, martilla un revolver contra su sien todas las noches.” Pero el problema es que no se quién gana, ¿los que se salvan del balazo o el que lo recibe? Si este último se considera el ganador, ya que si sigo la lógica de una ruleta se gana cuando la bola, o bala en este caso, cae en un solo lugar y no en todos los otros posibles, ¿de qué sirve haber ganado? Nunca conocí un juego en el que se pueda ganar una sola vez, como pasa con la primera impresión, no hay segunda oportunidad. Con la ruleta rusa no hay campeonato mundial posible, imagínense las eliminatorias. Lo que quedaría entonces sería juntar a todos aquellos perdedores que esquivaron balazos varios, pero… ¿un campeonato formado exclusivamente con perdedores qué clase de campeonato es? Estaríamos muy cerca de la teoría de Jerry Seinfeld acerca de los suicidas que fracasan en su intento de quitarse la vida, tipos tan desastrosos que ni siquiera sirven para matarse.
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