jueves, 30 de agosto de 2007

REFLEXIONES DE UN GANADOR (PARTES 1 Y 2)


REFLEXION I:
No somos de reconocer las palabras cariñosas que le decimos a nuestra mujer en la intimidad, apenas si aceptamos a regañadientes la que nos dicen. Entre hombres no está bien visto. Nos avergüenza. “Cuchi”, “chuli”, “muñi”, etc. Si se nos escapa temblamos, no somos hombres, somos esos infradotados a los que la mujer sometió a su ridículo jueguito. No nosotros, jamás, ellos, los que fueron vencidos. La virilidad que se supone mantengamos como estandarte nos hace aparentar una dureza que es falsa. Sabemos a la perfección (y repito, no hablamos de eso entre camaradas) que todos decimos esas engorrosas palabritas de amor, aún cuando no amamos y todo sea por el sexo. Es que el “pupi” representa más un nombre personal que el verdadero, es un apodo posesivo, yo te digo así y nadie más. Es una de las primeras cosas que una pareja hace, empezar a llamarse de un modo nuevo, distinto, algo que las distinga por encima de las otras relaciones de los individuos que la componen, es nuestra bandera de colonizadores que clavamos en la playa de la recién descubierta otra persona. Ahora no sos más Cacho, ahora para mí sos “Muchi”, nos dicen ellas con ojos tiernos (si, ellas dan siempre el primer paso en esto), y sentimos un escozor molesto, nos han rotulado como a una mascota. Somos capaces de mirar a nuestro alrededor para confirmar que nadie ha sido testigo de tamaña confianza, de ese bautismo perverso, aunque estemos los dos solos en un cuarto de telo rogando en silencio que a nadie le interese poner micrófonos ocultos. Al principio funciona de manera clandestina, furtiva, pero con el correr del tiempo, si nuestra relación perdura, comienza a haber fugas, nos acostumbramos tanto que nos parece natural repetir ese nombrecillo inventado, o copiado, y sale a la luz en los peores momentos, como en un asado compartido con los muchachos, y sus mujeres, regado de abundante vino, decimos inocentes “Chuchi, pasame la sal”, y eso es el principio del fin.
REFLEXION II:
Hay gente que nada más cuenta las cosas positivas que le pasa. Como si se tratara de una campaña de marketing de ellos mismos parecen pensar: vendámonos y bien, que no se entere nadie de nuestros pequeños defectos o no van a querer nunca consumirnos. Entonces, en una charla amena, nos dedicamos a oírlos y con asombro comprobamos que sus vidas son espléndidas, que cada detalle es una maravilla. Lo primero que atinamos a sentir es desconcierto, ¿por qué no vivimos como ellos? Puede que también algo de envidia disimulada en una sonrisita admirativa, pero tardamos en darnos cuenta que tal vez no sea tan cierto lo que nos cuentan, o por ahí es sólo una parte de la verdad, una versión censurada donde los hechos desagradables son hábilmente dejados de lado. Versión real: mis suegros me dieron la plata para reformar la casa, ahora los tengo todo el tiempo adentro opinando sobre la obra y no puedo abrir la boca. Versión pausteurizada: decidí reformar la casa, está quedando espectacular. Razonen cuál de las versiones vende mejor al producto-persona, de obvio nos pega en la cara. Claro que no son idiotas, saben muy bien que lo que pueden manipular, o sea ocultar, es lo que no se puede comprobar. Ellos no van a decir que su mujer es una preciosura cuando la hemos visto en varias ocasiones y todos sabemos que es un bicho horripilante. Ni ellas que su culo es una obra de arte si al sentarse en la silla se desparrama hacia los costados como un flan inconsistente. Pero díganme si oyeron alguna vez a un hombre decir públicamente que la tiene chica, o a una mujer que la comida que hace sabe a estiércol. Jamás lo reconocerán, siempre y cuando no haya una intimidad demasiado íntima de por medio. Ahora bien, si mañana voy a la oficina y en el almuerzo cuento que anoche tuve ardiente sexo desde la 1 a las 5 de la mañana, alguno podrá pensar que soy un mentiroso, pero en líneas generales habré quedado como un amante fogoso, esa mentira no puede afectar negativamente mi imagen. Ese es el razonamiento, miente que algo quedará. Otra estrategia muy utilizada es la de vender como hechos cosas que aseguran van a hacer en el fututo inmediato y en realidad nunca van a pasar, o al menos no de manera tan grandilocuente. Ejemplo: este mes me compro el convertible, o en cinco meses voy a hacer un viaje a la Polinesia. Todo lo que pudiéramos estar hablando hasta ese momento va a quedar sin dudas eclipsado por tal asombrosa afirmación. ¿A quién puede importarle el disco que compré esta tarde si ella acaba de declarar que el año que viene se compran una casa en el inaccesible barrio privado de moda? Digo que es como ganar una mano de truco con las cartas que asegurás te van a tocar dentro de tres manos, nadie en su sano juicio te la daría por ganada, pero en otros ámbitos una táctica tan ridícula puede ser efectiva. También están los que rescriben su pasado, lo pulen, hacen revisionismo propio. Otra vez debo aclarar, y para no dejar cabos sueltos que algún tontuelo pueda usar en mi contra, que para que esto pase los interlocutores no tienen que haber compartido esa existencia anterior, aunque algunos embaucadores así y todo se empeñen en decirnos que lo que recordamos no fue de tal manera, o se adjudiquen proezas nuestras o ajenas pero dentro de nuestra área de influencia. Si de adolescentes eran el blanco de las crueles bromas de los compañeros de colegio, entonces dirán que ellos fueron los victimarios. Si no conseguían una mujer ni en una Playboy, nos contarán con lujo de detalle cada conquista amorosa de una lista apabullante. Embellecer el pasado puede siempre ser una forma muy eficaz de mejorar la imagen presente, la historia nos enseñó que tergiversar datos ha sido una práctica extremadamente popular desde el origen del hombre. Si alguien pudo inventarse una religión, ¿por qué no puedo yo mencionar a la pasada la vez que hice el gol del campeonato barrial? ¿Quién me lo puede refutar si todos los que jugaron han huido de mi presente ya? Es importante tener en cuenta dos cosas; una es que la gente suele tener mala memoria; y la segunda es que todos respetan a un ganador. Si combinamos estos factores con un poco de imaginación y mala fe, conseguiremos la receta ideal para la aceptación de los demás, una fórmula mágica a la que apelan todas las publicidades habidas y por haber, digamos pues que valemos lo que los otros crean que valgamos, lo que paguen por nosotros, así es como se llega al precio de cualquier cosa, incluso de una persona, y cuánto más se pueda hacer para incrementarlo… ¿para qué ser honestos?

(Originalmente publicado en http://gonzalopaz.blogspot.com/ el 02/06/2005)

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