Hay muchas cosas en la vida que uno jura que jamás va a hacer y como es de esperar termina finalmente haciendo. No es un hallazgo lo que digo, sólo que me interesa detenerme en los momentos cuando esa decisión ya comienza a estorbar, cuando uno mantiene firme un pseudo ideal que a nadie le importa por no herir el orgullo propio que a nadie tampoco le importa, cuando nos pasamos de dogmáticos en vez de ser pragmáticos, cuando parecemos nuestros padres o abuelos que se resisten al progreso o la tecnología (que no siempre es progreso) nada más que para no dar el brazo a torcer. Uno por dentro piensa soy un idiota pero no puedo asumirlo en público, o sea mi familia y amigos. Entonces llega ese otro momento en el que uno finalmente cede, y con un entusiasmo muy fingido aduce un montón de excusas para justificar que fue derrotado por la conveniencia y que al final es un pelotudo más en millones, en definitiva uno claudica en definirse un distinto, como si realmente por, por ejemplo, no mirar el programa de tele que ve el país uno fuera un iluminado, el ADN simplemente se te cagaría de risa en la cara. Yo fui de los que aseguré que jamás iba a usar un teléfono celular, hoy me siento desnudo si no tengo mi Blackberry encima. Pero creo que la mejor manera es hacerse cargo de entrada porque así el desliz se hace más pequeño y no parecemos más salames aún. Escuché a amigos decir “qué mal los padres que le ponen juegos de Playstation a sus hijos y no juegan al fútbol en un jardín con ellos”, ¿alguien duda que esos pibes hoy tienen su Playstation y sus juegos nuevos cada semana? Dijo un sabio olvidado: es al pedo empujar si la pija es corta, además los huevos se hacen torta. Sepámoslo.
lunes, 15 de marzo de 2010
ORGU(YO)SO
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