
En el conurbano bonaerense está la gente de verdad. La gran masa sudorosa y silenciosa. Estoicos bancan la que les tocó, porque no va a haber un mañana mejor, pero a luchar porque no sea peor. Hay religión que piola sermonea un calco de sus vidas, no hay política, se vota si te dan un mango y total es lo mismo. Las estaciones de tren, millones dando vueltas, yendo y viniendo en escalas interminables, ganado humano que también pasa por Liniers. Sus alrededores, donde suena cumbia desde los bolichitos que venden todo barato, todo trucho. Moda accesible y descartable. Y si se rescató un billete grande, está el boli-chopin o, palabra santa, la monumental Salada. Las mujeres mayores transitan en cómodas calzas que asemejan a una lona cubriendo la superficie lunar, sus peinados son ruinas de cortes y colores ya indescifrables. Y cuando digo mujeres mayores, estamos hablando de 30 años, si hasta pueden haber nietos colgando de un brazo de la edad de los más chiquitos propios. Una vida gastada antes de tiempo. Los hombres, recién peinados al negro óleo al salir o en el regreso, camisa abierta, tatuajes difusos, dentaduras castigadas, cargando al hombro un bolso compacto, con ojos brillosos de las cervecitas frías con los compañeros, y una mirada perdida, paciente, buscando el olvido. Filas eternas en paradas de líneas de colectivos de 3 cifras, no hay monedas y los kioscos no te cambian, no corre una brisa, este viene con gente afuera, la combi es más cara, oscurece, un compact con un recompilado de los grupos para la nena, otro puchito, y en el que viene subo aunque tenga que ir en el techo. Hay también hordas de hermanos de los países vecinos de Perú, Bolivia y Paraguay con sus costumbres ancestrales pero la acriollada picardía va ganando lugar en sus corazones. En el barro somos todos el mismo. Afuera, bien lejos, los grandes ganando el peso, y en el barrio muchos menores sin rumbo, los de menos de 10 girando como satélites de alguna mujer (la hermana más grande), lo mayores de gira que no termina nunca. El aire es espeso, algún arroyo putrefacto cerca, basura en la calle y la vereda, los escapes muertos fuman humo gris y la gente también, no se queja nadie, es así, no hay nada que hacer. Pasa una de 15 con la panza al aire y un culo de 2 pelotas de fútbol, raja la tierra, se menea a cada paso, y es el espectáculo diario, gratis, todos aclaman y ofrecen favores, algunos se pasan de la raya. Los pibes en la esquina marcan territorio y pertenencia, el lenguaje en códigos, y se van a las manos o más por un gesto mal entendido si es necesario, son guachos, se plantan o corren según el color del uniforme, se intoxican y pasan el día, el fin de semana a la cancha, y a dormir cuando no haya más vida. En la miseria el perro es el juguete más barato. Y se ve mucho perro suelto, con agujeros, sin una pata o un ojo, van en jauría, esquivan autos y camiones con suerte dispar, se apuran y rompen bolsas de residuos antes que venga la otra jauría, la de los carritos. La idea es subsistir, siempre bajan a uno y el barrio reclama al pedo, cumplir 20 es una hazaña. Ante tanta malaria hay que darse el lujo de una putita en un cabarulo baqueteado, o invertir un sueldo en unas zapatillas biónicas, también el chupi que no falte, ni la música, nunca, el baile es sagrado. Porque cuando hay baile, cuando hay roce, cuando se transpira y el grupo sigue tocando como los muchachos a todas las que pasan, hay fiesta, las penas se van lejos, se las toman para el lunes, cuando la bocha rueda otra vez.
Cualquier parecido con la realidad es pura casualidad, Argentina es un país rico donde todas las personas tienen su oportunidad.