
El de la foto de arriba soy yo, descansando en un hueco del MoMA. Intentando lo imposible que en ese caso era hacer desaparecer el dolor de pies después de días enteros a velocidad paso de hombre. No tuve éxito. New York es una ciudad para recorrer caminando, el que diga lo contrario no pisó la isla nunca. Siempre hay algo interesante apenas a un par de cuadras de distancia, todo parece cerca, y esa es su magia y estigma. Cada calle tiene un sentido, doble o miles, cada barrio su estilo único e inimitable, la suma de las partes es un todo poderoso. Se puede trampear un subte (train le dicen los locales) y ahorrar piernas, se puede, pero recién cuando ya conocés bien el paño y te permitís el lujo de momentáneamente ignorar avenidas con tus huellas ya marcadas. Zapatillas cómodas, única opción, y buena voluntad, no se necesita mucho más (descontando los dolarillos.) Así y todo hay oportunidades para cada bolsillo, para tu forma de ser, seas quién seas hay un lugar para vos en Manhattan, o barrios aledaños. Cadena montañosa de edificios o zonas bajas, lujo y glamour, o bohemia y rock. Las verdaderas naciones unidas, de cada pueblo un paisano, difícil encontrar un nativo, todos los idiomas e indumentarias, jamás te sentís de afuera, la manzanota te estaba esperando. El precio físico son unas ampollas, alguna rodilla que grita, o una planta de pie en huelga, pero créanme que mientras estás descansando, como me ven en la foto, lo que de verdad hacés es aguantar la ansiedad de seguir, porque sabés que vas a seguir pateando hasta que no haya más mañana.
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