sábado, 20 de marzo de 2010

FAMITA

Alguna vez Andy Warhol dijo que todos tendríamos nuestros 15 minutos de fama mundial. De más está decir que los míos no llegaron aún. Pero no es lo importante. Sería ridículo tomar esta frase literalmente y pretender que cada habitante de la tierra va a ser reconocido por el resto del mundo por esa fracción de tiempo. ¿Entonces qué hacemos? Nos hacemos famosos de pacotilla. Podemos subir un video caserito a youtube, asomarnos ante cualquier cámara que filme lo que sea y donde sea, hasta por qué no asesinar brutalmente a alguna celebridad, todo vale si salimos en algún medio con el potencial que millones nos presten atención. Nunca faltan el hombre embarazado, la abuela más vieja, el hombre rata y su amigo el enano más alto del planeta. Supongo que también esto tendrá que ver con una modalidad que percibí hace un tiempo, aplaudir a los que se casan. ¿Para tanto es casarse que hay que reconocerlo con un estruendoso aplauso? ¿O le estamos cumpliendo al reciente matrimonio su sueño de fama? Creo que hemos perdido la capacidad de reconocer qué es lo que vale ser aplaudido, y si hasta al soplar las velitas de la torta de cumpleaños aplaudimos. Tal vez lo que visionaba el Andy en realidad era la tergiversación de la fama. Famoso es Steven Spielberg y también Zulma Lobato, los grados de la fama son tantos como gente haya. La señora de acá la vuelta dice que su carnicero es famoso, bien por ellos. Y la fama al final es ser reconocidos por los demás, hoy ya no importa tanto el motivo, ya no escucho más el “tristemente célebre”, después de todo basta con hacer una montaña de mierda lo suficientemente grande como para figurar como record en el Guinness.

Puede que destile bronca por la manera que el mundo se empeña en ignorar mi blog, no soy más que otro resentido.


lunes, 15 de marzo de 2010

ORGU(YO)SO


Hay muchas cosas en la vida que uno jura que jamás va a hacer y como es de esperar termina finalmente haciendo. No es un hallazgo lo que digo, sólo que me interesa detenerme en los momentos cuando esa decisión ya comienza a estorbar, cuando uno mantiene firme un pseudo ideal que a nadie le importa por no herir el orgullo propio que a nadie tampoco le importa, cuando nos pasamos de dogmáticos en vez de ser pragmáticos, cuando parecemos nuestros padres o abuelos que se resisten al progreso o la tecnología (que no siempre es progreso) nada más que para no dar el brazo a torcer. Uno por dentro piensa soy un idiota pero no puedo asumirlo en público, o sea mi familia y amigos. Entonces llega ese otro momento en el que uno finalmente cede, y con un entusiasmo muy fingido aduce un montón de excusas para justificar que fue derrotado por la conveniencia y que al final es un pelotudo más en millones, en definitiva uno claudica en definirse un distinto, como si realmente por, por ejemplo, no mirar el programa de tele que ve el país uno fuera un iluminado, el ADN simplemente se te cagaría de risa en la cara. Yo fui de los que aseguré que jamás iba a usar un teléfono celular, hoy me siento desnudo si no tengo mi Blackberry encima. Pero creo que la mejor manera es hacerse cargo de entrada porque así el desliz se hace más pequeño y no parecemos más salames aún. Escuché a amigos decir “qué mal los padres que le ponen juegos de Playstation a sus hijos y no juegan al fútbol en un jardín con ellos”, ¿alguien duda que esos pibes hoy tienen su Playstation y sus juegos nuevos cada semana? Dijo un sabio olvidado: es al pedo empujar si la pija es corta, además los huevos se hacen torta. Sepámoslo.