
Cualquier psicólogo podría hacerse un fanfarrón festín de ego profesional analizando mi próximo comentario, este: No disfruto de festejar mi cumpleaños. La verdad es que no se por qué, pero la idea de estar detrás de una torta con velitas prendidas mientras varios cantan la misma canción odiosa en penumbras no me atrae en lo más mínimo. Ojo, aclaro que en el caso que sea otra persona la que cumple años tampoco. Desde el primer año de nuestras vidas nos vemos obligados a pasar por este insufrible rito, es un deber, una alegría impuesta, que puede ser real si hay un regalo importante. Muchas veces escuché el “es tu cumpleaños, ¿cómo que no vas a hacer nada?”, y algunas de esas veces hice caso a la orden y festejé como pude sin entusiasmo, otras, las mejores, fueron cuando imperó el minimalismo y no pasó más allá de un día apenas poco común. Pero indefectiblemente caigo en el oscuro designio de no defraudar a nadie que valore demasiado celebrar otra vuelta alrededor del sol. Aprendí que no todos piensan como yo, de hecho no conozco a nadie que si, pero no importa, si a uno le importan ciertas personas es un sacrificio tolerable, o casi. Quiero recordar grandes festejos de cumpleaños míos, fuerzo la memoria, pero no encuentro uno que haya justificado su existencia. Ahí saltará a los gritos el psicólogo engreído del principio diciendo: “no te gusta ser el centro de atención”, y tal vez no, ¿estoy en problemas?
Cumplí mis dulces 16 internado en un sanatorio recuperándome de un estudio de artroscopia en mi maldita rodilla derecha. Como fue de urgencia tuve de compañero de habitación a un hombre mayor recién operado de hemorroides que en ningún momento de la noche dejó de quejarse de su terrible dolor anal con unos gemidos espectrales que, además de provocarme un depresivo insomnio, lograron que llegara a odiar al desconocido bastardo.
En algún aniversario en mis veintes festejé en la terraza de la casa de un amigo, hecho recurrente ya que por diferentes motivos rara vez viví en un lugar lo suficientemente amplio como para invitar a más de 5 personas. Alguno me regaló una botella de Jack Daniel’s de litro, un grato regalo. Se que en algún momento de la noche me quise hacer el Keith Richards y anduve toda la fiesta con mi botella en la mano tomando grandes sorbos del pico. Llegó un momento en el que apenas quedaba un resto en el fondo y yo muy divertido tambaleándome de un lado para el otro. Apareció un amigo ofreciéndome comer una manzana, algo muy bizarro a esas alturas, que evidentemente mi estómago no resistió semejante atentado de comida sana y no pude evitar vomitar como Linda Blair en El Exorcista sobre el techo de chapa del vecino de al lado. Acto seguido un par se ofrecieron a llevarme a mi casa, hecho que acepté con una sonrisa y la joda siguió en mi ausencia aunque en mi homenaje. Lo mejor fue que al otro día las hermanas del que puso la terraza fueron a tomar sol pero tuvieron que huir espantadas ante el nauseabundo olor a mi vómito asado por los rayos solares del mediodía, que duró hasta la siguiente lluvia que nadie supo cuándo fue.
Otro 25 de Septiembre en los 90’s lo pasé en casa, sería que cayó un día de semana y daba sólo para un íntimo festejo familiar. Estaban mis viejos, mi hermano con su novia, y obviamente yo. Una noche para el olvido más cuando, en pleno momento de apagar las velas de un soplido penoso, mi hermano empezó a ahogarse, decía que le faltaba el aire y se puso muy colorado. Llamamos enseguida a una ambulancia que vino considerablemente rápido. Entró el médico presuroso, fue a revisarlo, y mientras esperábamos lo peor apareció en el living el doc para decirnos: “no tiene nada”. “¿Cómo nada?”, dijimos todos exaltados, “se estaba muriendo hasta hace minutos”. El tipo muy calmo nos contestó, “no es nada físico, es su cabeza”. Nos miramos extrañados y esa noche se hizo eterna. Meses después nos enteramos que existía algo llamado “ataque de pánico”.
Imposible acordarme del mejor regalo que recibí en un cumpleaños, debe haber seguro uno que superó a todos, también hubo que no hubo nada. Reconozco que la pereza hace que prefiera terminar de escribir a seguir pensando cuál fue, pero honestamente ahora no me acuerdo. Tampoco creo que sea fundamental, por cada regalo que te hicieron que dijiste "muy bueno" hubo cientos de decepciones mal simuladas.
Debo tener problemas nomás, acertó el psico-loco, es verdad que prefiero que sea otro el que se entusiasme detrás de la torta con velitas, de esa manera me puedo ocultar en un rincón sin luz mientras aplaudo haciendo mímica de la cancioncita y nadie puede ver mi cara de flagelamiento social.
No hay comentarios:
Publicar un comentario