
Llego de una parada brava, donar sangre, casi medio litro, lo suficiente como para que un vampiro erute y se duerma flor de siesta. Pero esta vez fue muy justificada la acción y como pocas veces fui por sentimiento, mi sangre fue para Papá Noel, en serio. Así es, al bueno de Santa lo operan ahora mismo del corazón, un asunto complicado, no es joda, tantos años saliendo en trineo desde el Polo Norte a recorrer el mundo y en una noche repartiendo regalos dejó sus huellas en el físico. Federal Express o UPS se relamen aguardando suplantarlo y cobrar en verdes, no se hagan ilusiones, el gordo vuelve el 25 del 12, con todo. Puede sonar mal, pero cuando estoy esperando que me llamen para clavarme la aguja en una pobre vena que luego intentará escaparse me pongo a pensar en que eso me pasa por cumplir todos los puntos necesarios de un extensísimo formulario, soy sano aunque esté hecho un tonel, apto, y aburrido. Si, digo aburrido, porque no tengo tatuajes, piercings, ni sexo salvaje e inseguro, ojo, tampoco enfermedades graves, pero nada que me exceptúe. Y mi mente toma un desvío, ¿hay gente que se siente contenta por no poder dar sangre? Yo creo que si. Te dicen: yo tuve hepatitis, sorry. O… lo que pasa es que estoy tomando un medicamento para el reumatismo del páncreas inferior derecho. Zafé. Eso es lo que sienten, zafé. Chamuyan un digno “yo daría” pero saben bien que ni en pedo. Lo peor es que estos garcas un día son atropellados por un bondi y necesitan una transfusión ya y quién les da la sangre, un pelotudo como yo. Este año, si Bugs Bunny (o sea Dios) quiere me tatúo, de puro jodido, así que a vos que te hiciste el nabo cuando te necesitaron que te de sangre Cadorna Jr.
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