
El mundo no tiene solución y, por lo que creo, tampoco la tendrá nunca. El motivo es uno y vulgarmente simple, antiquísimo, es que no somos tolerantes. No soportamos lo diferente, no podemos convivir con lo distinto, nos hierve la sangre todo lo que no es como quisiéramos, como nos gusta, como nosotros. Ni hablar entonces de opuestos, el máximo enemigo, aquel que osa situarse a la antípoda de nuestra forma de ser. No aceptamos el disenso, no consideramos el beneficio de aprender de otra forma de ver. Cómo serían los colores si viésemos con los ojos del vecino en vez de insistir en querer arrancárselos con un tenedor cada tarde que sale vestido con su estrambótica camisa de tonos chillones.
1 comentario:
Grande Gonza!!
una masa el blog!!
un abrazo grande!
Saul
Publicar un comentario