
Cuando alguien aclara con énfasis una cualidad propia en realidad está declarando una carencia. “Yo soy un buen tipo”, lo más probable es que se trate de un notable cagador. Si el buen tipo en cuestión es de verdad bueno, entonces no tendrá necesidad de afirmarlo ya que eso es algo que se nota solo. Lo mismo pasa con nuestro (¿nuestro?) país que se proclama como serio. No se realmente a quién pensarán que engañan las mentes que brillan en el gobierno. Tal vez querrán inducir a algún idiota del mundo a que deje sus ahorros en Argentina, dejando de lado la reciente experiencia y haciendo más hincapié en que cada minuto nace un idiota nuevo. Puede que crean necesario un lavado de fachada aunque el resto de la casa sea un kilombo. Algo es seguro, la pedantería argentina no tiene límites, aquí más poder sólo significa cagar desde más alto. Alguna vez fuimos derechos y humanos, hoy parece que somos serios. Impunidad, voracidad, falta de memoria y/o moral, y simple pelotudez, características básicas que nos distinguen sin exclusividad. El Presidente se irrita cuando el resto del planeta, incluyéndonos, no come de su vidrio, intenta en vano enderezar la mirada como para hipnotizarnos repitiendo, con un poquito de saliva que escapa por la comisura de los labios, “somos serios, somos serios”. Los demás países no se convencen que este puterío sea muy serio (nunca lo es un puterío, por cierto), más temen por sus bolsillos traseros. Nosotros, argentinos, tampoco nos entusiasmamos en demasía, ¿o ahora serios son los que antes eran payasos? No alcanza con despintarse la cara y ocultar la nariz roja de plástico en un cajón secreto. No puede ser serio un país que recauda a mansalva y no da crédito a su gente, que cobra tasas de embarque en dólares, que crea aerolíneas fantasmas, que financia piqueteros, que trafica cocaína a través de oficiales de la ley, que manda a prisión siempre a los Nemo pero nunca un pez gordo, que nos desangra a impuestos para que lo público siga paupérrimo y los políticos de turno hagan largos en sus piletas rodeadas de pinos, que cambia todo para que nada cambie, que permite precios en euros y sueldos en pesos/patacones/lecops, que empuja a patadas a Ezeiza a los científicos que formó en universidades con el costo de todos, que incauta plazos fijos cuando los números no cierran por ineficacia o asalto, que utiliza el saqueo como herramienta desestabilizadora, que da sueldos por no trabajar creando la cultura del vago, que no posee ningún plan a futuro que incluya educación, que la salud pública es utopía, que construye por la coima y no mantiene lo construido, que deja que haya chicos comiendo tierra mientras producimos nueve veces la cantidad de alimentos necesarios para cada habitante, que todo quede en nada después de una tragedia, que congresistas suban sus dietas como premio a la (in)operancia nefasta, que aumente sus precios pegado a cualquier cosa que vaya en alta y jamás los baja aunque se desmorone el mundo, que borra de un plumazo lo que se hizo antes sin meditar si fue acierto o error, que es tan imprevisible que no podemos calcular a más plazo que una semana, que se maneja con la capacidad de un ignorante con la plata de otro, que oculta la verdad para beneficio de un puñado, que no genera empleo genuino y complica a los que lo generan, que sueña grandeza hundido en el barro. El circo llamado Argentina sigue con el show, malabaristas, magos, animales y payasos conforman la troupe, pasen y vean. Siga, siga, decía un réferi llamado Lamolina. Un país en serio, dice un pingüino del sur.
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