
Soy fumador, más de un paquete de 20 al día, a veces hasta dos. Se del grave daño que me causo y el que negligentemente también provoco a los que me rodean, en su mayoría mis seres más queridos. Soy adicto. Mi adicción al tabaco es una enfermedad, así lo reconoce la OMS (Organización Mundial de la Salud). Las pruebas en contra del tabaquismo son concluyentes y devastadoras, fumar es indefendible, es un mal comprobado, no tiene beneficio alguno. Consecuentemente diferentes gobiernos del mundo han iniciado campañas antitabaco, lo que significa comenzar con la prohibición de fumar en ámbitos públicos. Es lógico, las personas sanas que inteligentemente no fuman (mal llamados no fumadores, como si existiera una categoría tal) deben ser resguardadas de los irresponsables como yo que contaminan su aire. No a fumar en el trabajo, ni en restaurantes o bares, ni centros comerciales, ni bancos, ni en el transporte público, ni en espectáculos deportivos o recitales de música, pronto ni en la calle. Señores, ha comenzado la temporada de caza. Históricamente siempre se ha buscado un chivo expiatorio a los males sociales, la bruja a quemar hoy es el cigarrillo. ¿Por qué digo esto después de tanta evidencia contraria? Porque es hipocresía pura, el fin en este caso es noble pero el método un mal chiste. No entiendo como se puede suponer desde las altas esferas que cercando a las hordas de fumadores al único resguardo de sus madrigueras han concebido un estratégico y grandioso plan. “Si no los dejamos fumar casi en ningún lado, van a abandonar ese mal hábito”. ¡Genial, grandioso, espectacular! ¡Gracias a Dios por estos cerebros libres de humo! A ver, ¿resulta que un porcentaje muy alto de la población es fumador y un gobierno decide que no es su problema, que el problema es de ellos? ¿Al país no lo hace la gente que lo habita? La táctica es demonizar al fumador y lavarse las manos en el asunto, yo se los prohibí, yo me preocupé, yo hice algo, vótenme. Prohibir, bueno, prohibir hasta por ahí nomás, hasta donde no me cuesta nada. Entendamos algo, comprar cigarrillos es legal, fumarlos cada vez menos. Esa estampilla que tienen pegada los atados es nada más ni nada menos que el impuesto que cobra el gobierno por fumar, además compone la mayor parte del precio de venta. Algunos políticos tristemente se han excusado de su sádico oportunismo recaudatorio aduciendo que aumentando el valor del paquete por medio de impuestos lograrán quebrar la economía del fumador y hacerlo por fin decidirse a renunciar al tabaco. ¿Alguien aún cree que un adicto se preocupa por el precio de su adicción? No, es muy poco serio, el cigarrillo y sus millones de consumidores dejan toneladas de dinero al fisco cada día, ningún otro producto comercial posee tanto gravamen. Seamos realistas, si de verdad se preocuparan por la salud de la gente, si actuaran en consecuencia con las declaraciones rimbombantes, el primer debate sería directamente prohibir el cigarrillo y, con todo el dolor del bolsillo estatal, cerrar la canilla con su grueso chorro de divisas que éste genera. Habría grandes planes de apoyo médico y psicológico para los fumadores, educación seria desde edad temprana, y seguramente muchas cosas más de las que existen ahora. Negar el rol de dealer del Estado es patético, ¿cuánto hace que saben que están lucrando con adictos? La inmoralidad del caso hace que las buenas intensiones se hagan humo, el mismo humo que emana de la cortina con la que cubren con demagogia barata el alto costo de ser responsables directos en la proliferación de enfermos, ¿no deberían proteger nuestra salud?
No hay comentarios:
Publicar un comentario