
Una semana atrás dije en una conversación que tener hijos era un capricho. ¡Peligro, hereje suelto! De más está decir que fui atacado verbalmente de todas las maneras posibles, contradicciones y desdecirse una y otra vez, balas de palabras en ráfagas asesinas, no por el contenido sino por la velocidad. La simple idea de refutarme a cualquier costo, como si se tratara de erradicar un peligroso virus antes que ingrese en el sistema y lo aniquile para siempre, fue mucho más importante que detenerse aunque sea sólo un segundo a considerar la viabilidad de lo que estuviese diciendo fuera cierto. Desde ya que no digo que mi afirmación no merezca prueba contraria, no, ni siquiera que tenga razón, es sólo una teoría para ser discutida, una de tantas. Es más, considero con seriedad la posibilidad de tener un hijo. Pero me encontré de pronto enfrentado en una guerra santa de dialéctica familiar, ante un fanatismo conservador cargado de furia incrédula, como si de golpe mi intención hubiera sido matar a Dios. Eso lo dejo para otra reunión. Tal vez mi oportunismo dejó mucho que desear, asumo eso. No medité previamente dónde estaba ni con quiénes, mi error, aunque es también mi debilidad provocar dudas, que lo establecido pueda tambalear un momento, algo de caos en el orden aceptado. ¿Y es un capricho procrear después de todo? ¿O el capricho es mío? Sigo convencido de las dos cosas, y además que cerrar la boca aún me cuesta bastante. Se que tengo derecho a decir lo que pienso, y es algo con lo que espero morir algún día y se mantenga intacto hasta entonces. Pero eso no fue todo, días después comenté como una anécdota el incidente a otro grupo y lo mismo ocurrió, de nuevo la gente a mi alrededor se sintió ofendida en lo más profundo, al hecho de comentarlo a terceros como si de repente, o ya confirmando sospechas previas, yo me hubiera vuelto un terrorista demente, un tipo capaz de volar por los aires todo lo más sagrado en lo que es posible creer, eso y sin titubear un segundo. ¿Qué clase de tipo soy?, piensan hoy, ¿cómo se atreve a decir en voz alta semejante barbaridad?, ¿quién se cree que es?, ¿o no sabe que es una falta de respeto?, hablan entre ellos, ¡un idota, eso es!, si no fuera así, ¿a quién se le puede ocurrir cuestionar la procreación? No puedo dejar de sorprenderme, voy demasiado contra la corriente parece, sinceramente nunca supuse que una idea suelta pudiera causar tanto daño, tampoco que hubiera cosas de las que no se pueda opinar diferente, retórica pura, eso sí lo se, pero como dije antes no termino de aceptarlo. Entonces es que desconfié de los valores de mis interlocutores, si les molesta demasiado es porque hay inseguridad, quizás haya metido el dedo en una llaga de la que se desconocía su existencia. Si ya es padre, o está en camino de serlo, asumir que su hijo haya sido tan un capricho como la compra de un par zapatos caros, o hacer un asado en un día lluvioso, puede generar una incomodidad urticante. Peor aún, tal vez nunca pensó por qué quería un hijo, y si lo hizo, jamás lo fundamentó con algo más sustancioso que sólo las ganas de hacerlo. ¿Será porque se puede, porque somos capaces de generar vida, porque poseemos la habilidad de engendrar un ser parecido a nosotros, porque nos sentimos poderosos, porque queremos darle un sentido a nuestra vida del que aparentemente, según podemos apreciar a vuelo de pájaro, está careciendo? Seamos sinceros, un poco al menos, es muy simple concebir bebes, aunque las personas que se la pasan penando en tratamientos de fertilización quieran lincharme, la abrumadora mayoría de la población mundial está en condiciones de extender la especie. Cualquier par de desquiciados, por el momento sólo de sexos opuestos, sin siquiera proponérselo genera un espectáculo biológico de tremenda magnitud, una célula de cada uno, unirlas por medio de la sexualidad, y dar comienzo a un futuro ser humano, nada más y nada menos, y esto pasa cada segundo, como por ejemplo “AHORA”, si, ya nació una flamante persona, y otra, y otra, y otra, y si mientras leías miraste un instante para otro lado, otra más. Dicho esto, me imagino apto como para quitarle un poco de misterio al asunto, un milagro que hacen todos deja de ser un milagro para convertirse en una rutina cotidiana, ¿si los más de seis mil millones de habitantes del planeta todos fueran Jesús alguien se maravillaría por contemplar a otro multiplicando panes o caminando por la superficie del agua? Tener hijos no es fundamental ni necesario para la supervivencia, no hace falta ser un genio para deducir que nadie muere por no ser padre, no de causas naturales. Tampoco nadie está obligado. ¿A esta altura es necesario seguir recordando que nadie pide nacer? ¿Egoísmo, les suena? No existe elección para el que nace, la elección fue tomada de antemano por él, y los motivos son tan diversos como estados de ánimo hay, por lo que buscar un único patrón se hace casi imposible. A veces se hace con amor, pero también puede ser producto de una violación. Hay padres muy responsables y otros que abandonan su cría. Se les da amor y también se los condiciona de por vida. Las buenas intenciones por sí mismas no garantizan éxito alguno. El instinto nos juega una mala pasada, nos lleva a la reproducción como al resto de las especies vivientes. Pero si por algo nos diferenciamos es por ser capaces de razonar, así que no le echemos la culpa a lo instintivo, y mejor hagámonos cargo de una insuficiencia racional. ¿Cuánto hay de esencial en el deseo de generar descendencia y cuánto de archivo en el disco rígido que nos instala la sociedad? Es lo normal, lo que hacen todos, lo que se espera de uno, ¿y eso no condiciona la decisión? Probablemente, cada cual tenga su propia versión de por qué queremos tener hijos. Yo simplemente manifiesto que no encuentro una justificación terminante, una que no admita dudas. Por eso creo que, en lugar de dar explicaciones personales con fines universales, es decir querer partir del propio ejemplo para explicar todos los casos, sería más honesto encoger los hombros y con humildad conceder: porque tengo ganas, y punto.Hablemos de los DINK (double income, no kids; doble ingreso, ningún hijo), parejas que deciden no tener hijos. Un fenómeno del primer mundo que ya ganó su sigla propia. Los censos actuales demuestran el constante crecimiento de estas uniones, desde ya que en Argentina esto recién se puede notar en la franja más pudiente de Capital Federal. El diario Clarín publica el 31 de julio de 2005 un artículo de Georgina Elustondo sobre el tema en el que sugiere con elocuencia que: “La decisión de no procrear y de orientar la vida hacia otros proyectos enciende las críticas, y hasta el escándalo, en algunos sectores: los acusan de cómodos y eternos narcisistas, incapaces de asumir responsabilidades de adultos; y otros hablan de personas egoístas y ambiciosas, entregadas a competencias varias y perdidas por el consumo selectivo y de calidad. Pero abrir la cabeza, escuchar y respetar siempre es mejor que juzgar. Entonces, ni buenos ni malos, ni mejor ni peor: parejas que no consideran que los hijos sean necesarios para llevar una vida plena; personas que asumen que no desean o no pueden entregarle a un niño el tiempo y el cuidado que necesita y actúan en consecuencia. No desafiando sino soltando, simplemente, la obligación de ser padres. ¿No es mejor que traer al mundo un bebe sin espacio donde ubicarlo, sin convicción ni deseo?”Otro hecho que influye notablemente es el avance del rol profesional de la mujer, siempre relegada, y quién sufre históricamente las consecuencias del embarazo en el progreso laboral. Algo comprobable en la actualidad es la postergación de la edad para tener el primer hijo, hoy una madre primeriza que supera los treinta es algo común, unas décadas atrás hubiera sido tildada de vieja. La periodista Mónica Soraci acaba de publicar un libro llamado ¿Hijos?, no gracias. A partir de ahí la polémica recién comienza. Dice ella: “Es increíble pero a mucha gente el tema la enoja. Somos poco respetuosos y tolerantes. ¿Por qué cuesta aceptar que algunas mujeres se completen con otras cosas y no sólo a través de un hijo? Nos cuesta aceptarlo pero es una realidad. Hay mujeres que priorizan la profesión o quieren ganar dinero; otras temen que un tercero invada la pareja o dicen que no quieren hipotecar su vida. Y es respetable. Mujer no es sinónimo de madre, pero hay que ser valiente para bancarse la decisión, porque la sanción social es fuerte. No se trata de insinuar que el deseo de maternidad es obsoleto, sino de reconocer que el deseo de no ser madre es tan respetable como el deseo de serlo.”Recuerdo que uno de los puntos fustigado con mayor vehemencia fue el empleo de la palabra capricho en la oración “tener hijos es un capricho”. Capricho es otra cosa, me decían, tu error fue la elección de la palabra. Capricho es según el diccionario enciclopédico Planeta:1 Idea o propósito que uno forma sin razón aparente. 2 Antojo, deseo vehemente. De acuerdo al diccionario Plaza Janes: Idea o propósito que uno forma, sin razón, fuera de las reglas ordinarias y comunes. Antojo, deseo vehemente. En esto, y por lo expuesto en las definiciones de los mataburros, podríamos declarar un empate provisorio. Si tomamos la primera acepción no sería correcta mi afirmación. Aunque si tomamos la segunda, la elección del vocablo gozaría de total autoridad. Ahora bien, técnicamente el que puso la palabra en cuestión en el tapete fui yo, por lo que para invalidarme por completo habría que demostrar que no existe ninguna definición que concuerde con el sentido de mi frase, y de hecho las hay. Por lo tanto concluyo que si utilizo capricho bajo la acepción que dice que es un deseo o antojo vehemente no estoy equivocado y mi apreciación es absolutamente correcta. Reconozco como legítimo lo que otras personas me repiten hasta el cansancio, que jamás acepto equivocarme. Además, y también aciertan, agregan que puedo ser insoportable en tratar de demostrar mi verdad.
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