
Detesto todo lo que abarque el concepto de “políticamente correcto” (hasta las palabras entre “comillas” juegan el juego.) Odio a la gente que responde a esta idea, eso es miedo de decir la verdad, es ser hipócrita, es aparentar ser la persona que los demás, vos suponés, quieren que seas. Existe ese pánico a incomodar, ofender, el temor de alterar la cordialidad, la falsedad del todo bien al costo de un banquete de mocos. No digas eso, pensalo, pero no lo digas, ¿si? Habría que aceptar las cosas como son, y lo que otro diga, aunque nos impacte en los genitales, dejarlo ser y, ¿cómo no?, retrucar sin reprimirse, no es cuestión de aceptar ser atropellado tampoco, una vez que la ley de la corrección política se quiebra, todo vale y en hora buena. Además, ¿alguien sabe de un político que sea correcto? Ni siquiera eso. Si tu tía aparece con el pelo color violeta, basta de decirle: te queda lindo. Cuando no te guste la comida, escupila en el plato. Esa debería ser la actitud, no dejar pasar lo que te retuerce el intestino delgado, vomitarlo, liberarlo, que la mugre se la lleve encima el que la genera y no esconderla bajo la alfombra de tu diplomacia. ¿O alguien todavía se cree que un candidato en campaña está muy preocupado por la desigualdad social? ¿No sería más coherente que nos confesara: los pobres me importan tres carajos pero puede que asfalte la avenida? Puede que a nadie le importe saber que es lo que yo pienso, y si es así, si no importa tampoco puede molestar, entonces lo digo. Y cuando te cruzás con gente que sí le interesa tu opinión, mejor que conozcan tu verdadera esencia antes que escuchar melodías simuladas de ayer y hoy. Al final, lo único que cuenta es que te aprecien por quién sos, con tus defectos y diarreas verbales, y dejar las máscaras de látex para el carnaval que, dicho sea de paso, es otro festejo inexplicable e idiota, porque nunca me contagió la alegría popular, eso de ser felices porque todos alrededor lo son sin otro motivo que ese, o sea que es una multitud de individuos infelices que, con bombitas de agua, murga, y espuma en los ojos, se convencen que la magia flota en el aire y los inunda por un rato. Claro, tampoco creo en el esoterismo, ni en la energía de la gente, ni en las técnicas curativas alternativas que afirman sin derecho a réplica: son milenarias (como si no hubiera en el mundo estupideces generadas en la ignorancia que llevan miles de años de práctica, por ejemplo: la discriminación), placebos para gente que necesita justificar los orificios en su vida y compra corchos invisibles con una tarjeta gold. Lo digo, y punto.
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