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Días largos que se hacen semanas sin separación de números o nombres, un flujo de tiempo continuo en el que no se cuándo es ahora o si ayer fue hace poco o mucho. Se pasa de largo pensando en que alguna vez va a haber un hasta acá llegamos y que lo que sigue es distinto, otra cosa, pero no, es el mismo cable que conecta el antes y el después a 220 para que sea rápido, más rápido, y no tenga pausa que distraiga. El paisaje se hace una mancha que se estira de costado, los colores se mezclan como un accidente de pinturas y agua que alguien desparrama de un baldazo lateral, artero y certero, no se distingue más que un estamos yendo, o volviendo. Duelen codo y muñeca de maniobrar la torpeza en movimiento de bultos pesados, apurados, por escalones y rampas, esquivando variedades de gente que alternan edades, tamaños, y andares, todos mezclados en un andén, pasillo o calle que sirven para una carrera de metas miserables por y para nada más que volver a empezar a no saber cuándo terminar.
Mientras tanto la única constante es siempre la velocidad de una vida que no deja tiempo para la reflexión.

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