El 23 de diciembre de 2014 nació Félix, mi hijo, a la hora 22. Números.
Ya cumplió un año y un mes de vida y yo recién publico la crónica se su llegada
a nuestra familia, nuestro mundo, tal vez esto hable mal de mí que es lo que
corresponde por inconstante, siempre, pero un poco también habla del sacudón
que fue y es el pasar de ser tres a cuatro en una casa, no, soy yo nomás.
Cuando creíamos haber domesticado al encantador caos llamado Alfonso es que, un
mes antes de la fecha estimada de parto, durante una ecografía de la que
empezábamos a sospechar porque no crecía como debía, algo podía pasar, y pasó, un
corto llamado al obstetra y corrimos al sanatorio con una única orden, nace
hoy, nace el niño nuevo, ni nombre teníamos aun. En la sala de pre parto (igual
fue cesárea) fue que nos dijimos con Bárbara: ¿qué nombre le ponemos? Félix
ganó la compulsa y Félix fue un ratito después cuando morado y gritando poco
nació muy chiquito pero entero, directo a una noche de mil estudios y
monitoreos en la nursery por atrevido, por adelantarse. Lleno de cables y luces
de colores y gasas y cintas, me rompía el corazón verlo a través de una caja de
plástico, sin poder tocarlo de nuevo, tan lejos y tan cerca, para volver a la
habitación luego y decirle con voz firme a la madre en cama que estaba bien, y
le mostraba sólo una foto porque era la menos traumática. Pero como viene de
raza luchadora no nos sorprendió que al mediodía siguiente le dieran el alta y
su hermano pudo al fin conocerlo, pocos momentos como ese en la vida de uno,
ahí estaban dos potencias que se unían por el resto de sus vidas por primera
vez. Era 24 de diciembre, Nochebuena, y la pasamos como pudimos, sin Alfonso
que fue con mi familia para que se divirtiera un poco, solos madre, padre y
bebe juntos, un rato al menos, con llantos que ni pensábamos entonces que eran apenas
el comienzo de miles de una garganta poderosa, la memoria es frágil y
reincidimos, ahí estábamos pues en una clínica vacía, con una criatura que no
llegaba a los tres kilos en los brazos, padres otra vez, felices y cansados,
teníamos tantas pero tantas ganas de conocerlo que nada más importaba que
tenerlo con nosotros.
Bienvenido Félix, fuiste querido antes de existir y serás amado
para siempre, y eso, hijo mío, eso es lo más importante que vamos a vivir
juntos.

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