Vivimos hoy en un país que se va dividiendo en muchos sentidos, partidos
en lo ideológico y en lo social, entre realidad y ficción. A diferencia de
cuando la madre Pangea se separaba en diferentes continentes y cada cual se
miraba desde lejos a través del agua de mar ahora nos separamos conviviendo en
la misma casa. Ya nos advirtió Martín Fierro sobre las consecuencias cuando los
hermanos se pelean y sin embargo alguien desde las brumas de la cima cree que a
fuerza de golpes caseros nos posicionaremos en la cima del mundo, tal vez lo
cree o quiere que lo creamos. Veo ahí el punto en cuanto cada cual define cuál
es nuestra real realidad y cuál es la realidad anotada en una servilleta. Hay
una realidad ineludible, la que te hace doler el estómago porque la comida te
esquiva o la que te encuentra con una bala adentro mientras se te escapan las
zapatillas o unas monedas. Luego viene la mirada sobre los hechos, lo que a
unos les conviene minimizar o negar y a otros analizar con microscopio, pero de
la interpretación confeccionada (masticada y digerida) llega el mensaje que se
asimila y se actúa en consecuencia. Las opciones disponibles son vaso medio
lleno o medio vacío, vaso por la mitad y punto lo que no se le ocurre a nadie. Entonces
nos la pasamos defenestrando al otro, porque mis defectos son suyos, también
mis errores y mis omisiones. La eterna lucha del todo mal contra el todo bien.
La enceguecedora luminosidad de la propaganda contra la oscura visión de la
contra propaganda. Así estamos, presenciando la gran batalla entre el poder
político y el poder económico por ser el dueño absoluto de la verdad, cada cual
con su cuentito. Pero no todo queda ahí, porque en definitiva ese quiste es
sólo un negocio, el mayor problema es cuando desde arriba nos demandan
pertenecer a la mayoría (exigua por cierto, pero abrumadora a la hora de ostentar
poder) o pasar a la trinchera de enfrente. Al mismo tiempo que se declara que
se gobierna para la mayoría se escucha la repetición constante del para todos y
todas, tantas incongruencias, se defienden todas las minorías menos las que
votaron distinto. No hay postura neutral, la historia Argentina siempre fue un
partido de a dos, un clásico violento. Por lo tanto creamos y encontramos enemigos
hasta en la sopa (de seis pesos) como si eso fuese algo noble en sí, una
patriada que huele a las patoteadas de los más grandes en un recreo de colegio.
La voz del supremo sigue retumbado convenientemente: al amigo todo, al enemigo
ni justicia. Las mieles de adoptar la causa y el pavor de enfrentarla porque es
todo o nada, es conmigo o en contra mío. Eso si, las reglas de juego son
claras, pertenecer tiene sus privilegios y olvidate de tus convicciones (si es
que las tenías más allá del color del dinero.)

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