Nunca es todo junto, algo falta, o mucho falta, aunque no es
queja, no puedo, no debo, queda mal, es desagradecido. Pero un poco más de
tiempo no estaría mal. Tampoco que después vengan esas trampas clásicas de
pacto demoníaco donde en el entusiasmo no leés la letra chica y terminás peor
que al principio. La codicia vuelve idiota al cerebro más tuneado, por eso es
mejor pisar despacio aunque lleve tiempo que no tengo. No lloro, no reclamo, es
apenas el suspiro de la asfixia que provocan hojas de calendario cayendo como
hojas de árbol en una tormenta con mucho Red Bull encima. Lo que tengo es mucho
más valioso, fundamental, esencial y precioso que unas agujas de reloj
catatónicas. Catarsis en modo teclado. Aunque convengamos que el tiempo es una
convención que acomodamos al sol. Tampoco costaría mucho poner una hora más por
día aunque sea una vez por semana. Es cuestión de ponernos de acuerdo, bueno,
nos cuesta coincidir en temas más trascendentes y urgentes, pido por pedir,
porque estoy sentado gastando el tiempo en escribir sobre el tiempo perdido con
mucha menos gracia que Proust, ni hacía falta aclarar. Y ni hablar, como ahora,
que vengo con un desfasaje de cinco horas, un viaje de veinte y con suerte seis
dormidas en dos días. Todo un problema de tiempo.

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