
Principios de 1983, con mi hermano éramos unos recién llegados a la gran ciudad, Buenos Aires. Apenas mudados al barrio de Belgrano, a escasas dos cuadras del centro neurálgico, Cabildo y Juramento. Yo tenía 12 y él 10, platenses que no entendíamos nada de ver tanta gente, tantos autos, tanto comercio y todo junto al mismo tiempo. A la vuelta de nuestra casa había una juguetería. Éramos chicos, entiéndase, y era lógico que nos detuviéramos a mirar una juguetería, no íbamos a estar mirando heladeras. La primera vez que pasamos leímos con asombro que en la vidriera decía “Espejo Mágico”. Como quien no quiere la cosa intentábamos ver para adentro sin entrar, ¿dónde estaba el espejo mágico? No lo vimos. Nuestro primer pensamiento, en conjunto, fue: claro, acá hay cosas nuevas, raras. Pero no se nos ocurría cómo podía funcionar un espejo mágico. ¿Tanto había avanzado todo? A nuestra edad entonces todo era posible aún. Nos fuimos a casa con la duda, tímidos, advenedizos, no queríamos quedar como que no sabíamos. Pero el tema del espejo nos seguía dando vueltas en nuestras infantiles mentes, como todos habíamos visto Blancanives de Disney y a la bruja con su espejo, un poco de miedo nos daba, morbo que hacía que más lo quisiéramos todavía. ¿Llevaría pilas? Seguramente si lo ponen en grandes letras es “la novedad”, pero no nos habíamos enterado, en ese entonces ni amigos porteños teníamos, estábamos solos contra toda la Capital Federal. No se, o mejor dicho, no recuerdo, cuánto tiempo pasó en que mirábamos la vidriera con intriga sin resolver el misterio. Hasta que un buen día juntamos valor y fuimos hasta la juguetería exclusivamente para sacarnos la inquietud, llevamos la poca plata que teníamos, ¿quién sabe?, tal vez lo compremos si nos gusta. Nos animamos a entrar. Cuando una vendedora se dignó a preguntarnos qué buscábamos al darse cuenta que hacía rato estábamos mirando todo, y el local no era tan grande, le dijimos tímidos: “¿qué es el espejo mágico?” La fracción de segundos que tardó en contestar fue adrenalina pura, suspenso al estilo Hitchcock. La mujer de golpe se sonrió y contestó: “es el nombre de la juguetería.” “Ah”, con desgano dijimos como si no nos hubiera destrozado la desilusión, y compramos una máscara de goma de Spider-Man muy mal hecha, para no quedar como lo que éramos y en algún punto nunca dejamos de ser hasta hoy.
2 comentarios:
JAJAJJAJAJA, "tendrá pilas"?? ....muy bueno Gonzalo, muy buen blog....abrazo, JOTA!!!!
Ajaja muy bueno, cuánto morbo y cuánta inocencia.
Publicar un comentario